Hay un triángulo en el interior de España donde caben menos personas por kilómetro cuadrado que en buena parte de Laponia. Esta serie empieza ahí, recorriendo los pueblos de Soria, Guadalajara y Teruel donde la población se ha ido vaciando hasta dejar la arquitectura solar. El cielo, siempre presente, no consuela; encuadra. Me interesa el momento exacto en que un lugar deja de ser comunidad y pasa a ser paisaje: la fachada que resiste, la puerta cerrada, el silencio que se nota en la imagen. No es nostalgia. Es un inventario hecho a la altura de los ojos de lo que España decidió no mirar. En su segunda parte, la serie vuelve a los mismos territorios un año después, ya sin la coartada de lo nuevo: el abandono se ha vuelto método. Aparecen las paredes desnudas, el frontón cuarteado, el caballito de plástico junto al muro de piedra, el árbol seco frente a la casa cerrada. Trabajo en luz plana de invierno, que iguala las superficies y obliga a mirar la materia: el revoque saltado, el ladrillo visto, el tapiado reciente. Donde el primer año levantaba el inventario, el segundo lo afina hasta el detalle, buscando esa frontera incómoda entre lo que todavía es habitable y lo que ya solo es resto. El conjunto no llora la despoblación: la documenta a la altura del suelo, dejando que sea el espectador quien complete la ausencia.