Antes de irme quise mirarlo todo una última vez. Esta serie recorre el territorio donde crecí -los pinares, las laderas, los valles que fueron el escenario de mis primeras aventuras- en el momento exacto en que decido dejar de habitarlo. Todavía dentro del paisaje, todavía formando parte de él: el monte cercano, el camino que sube, la línea de árboles contra el cielo. Pero el foco ya empieza a soltarse, como si la pertenencia se mirara desde una distancia que aún no existe del todo. No es un retrato topográfico de un lugar; es el retrato de un vínculo justo antes de cortarse. En su segunda parte, la serie cruza al otro lado del día. Ya no hay mediodía: solo amaneceres y crepúsculos, niebla que come las montañas, las luces de un pueblo encendiéndose a lo lejos como algo que se mira desde fuera. Es el territorio de la transición, el tiempo intermedio entre romper con lo conocido y no haber llegado todavía a ningún sitio. El paisaje se vuelve atmósfera: las formas pierden contorno, los valles se hunden en bruma, lo que antes era hogar ahora es horizonte. El desarraigo no es un lugar sino un umbral. La última imagen, con las luces del valle abajo y la noche entrando, es ya una despedida cumplida.