México entra como una ventana que se abre de golpe. Después de años fotografiando el vacío, la bruma y lo que se desmorona por dentro, aquí vuelven el color, la luz alta y, sobre todo, la gente: un hombre ondeando la bandera frente al Angel, jinetes con sus caballos, manos que sirven comida caliente, un rostro recortado por el fuego, los voladores girando contra el cielo, el mar del Caribe entrando con viento. Es a la vez una serie de viaje y un punto de inflexión -personal y fotográfico-. Sigo trabajando desde lo íntimo y lo cercano; conservo el desenfoque, los reflejos, los destellos que vienen de antes, pero ahora apuntan hacia afuera, hacia lo vivo. Lo que en España era distancia y despedida, en México es contacto: la cámara deja de mirar lo que se va y empieza a mirar lo que llega. No es un reportaje sobre el país, es el registro de alguien reaprendiendo a estar en el mundo -dejándose atravesar por el ruido, el calor y la vibra de un lugar que lo devuelve a la vida.