Un solo vagón, veintisiete horas, el centro de la India pasando por la ventana enrejada. Esta serie se rueda entera dentro de un tren y, sin embargo, cabe en ella una vida: la distancia inicial con los desconocidos, la extrañeza, los primeros gestos compartidos, una partida de cartas en el suelo, el sueño venciendo a los cuerpos, el agotamiento, el tiempo que se detiene mientras el paisaje no para de moverse. Trabajo en luz dura y contrastada, la que entra a tajos por las rejillas, y desde muy cerca -tan cerca que se intuye el calor asfixiante y unos olores imposibles de fotografiar. India fue una experiencia límite en todos los órdenes, personal, físico, emocional y espiritual, y el tren funciona como su forma exacta: un espacio cerrado donde no hay escapatoria ni de los demás ni de uno mismo. Lo que empezó como un viaje termina siendo un estado de conciencia. Si todo el trayecto anterior fue aprender a salir y a acercarse, aquí ya no hay distancia posible: solo estar, resistir y dejarse atravesar. Es el antes y el después de todo, condensado en el vaivén de un vagón que no se detiene.