Hay un momento en que el mundo deja de tener bordes. Las cosas siguen ahi -una silla, un taburete en mitad de un patio, unos zapatos, una mesa, el reflejo en un cristal- pero ya no se las puede fijar: están y no están, presentes y fuera de alcance. Esta serie renuncia deliberadamente al foco. Lo cotidiano se vuelve extraño; lo doméstico, irreconocible. Frente a la nitidez del documento, aquí elijo lo difuso como forma de verdad: cuando lo que se desmorona es interior, ninguna imagen nítida sería honesta. La serie avanza hacia el mar -lo único que aparece abierto- no como consuelo sino como horizonte, ese lugar al que se llega cuando ya no queda nada firme donde apoyar la mirada. Es un autorretrato sin figura: el retrato de un adentro a través de las cosas que lo rodean, todas igual de inciertas.